miércoles, 14 de agosto de 2019

Cuando una cassette me hizo libre de Hamelin

Antes de decir cualquier gilipollez como dogma, voy a parafrasear a un filósofo -¿Hegel u Ortega y Gasset?- (¿Qué más da? Los dos eran igual de gilipollas engreídos) cuando decía que "somos hijos de nuestro tiempo". Pero con un matiz, la forma es la misma, lo que cambia es el contenido. 

Dicho esto, corría los años 90, estaba en el instituto y me tocó vivir como se suele decir la época dorada. Todas las generaciones dicen lo mismo. Por supuesto la nostalgia juega un papel fundamental. Por no hablar de que el sentimiento es el mismo, lo único que cambia como dije anteriormente es el contenido. 

De acuerdo. Eso es el texto institucionalizado. Pero como ya sabrá el lector, a mi me gusta más indagar en el subtexto que hay detrás. Y antes de decir nada, te doy la razón, el patrón se repite, tesis (texto) / antítesis (subtexto), como una dicotomía, que además suma una síntesis (¿el yo? ahí lo dejo) como resultado, y vuelta a empezar.

Aceptado todos los paradigmas, ahora es cuando quiero contar esa ley que rompe la regla. Fui uno de los que le tocó vivir la "Música" como asignatura en la ESO (Educación Secundaria Obligatoria),  y decían los socialistas (¿o sociolistos?) que nos aportaba memoria, serenidad y creatividad.  

La primera clase fue un show. Nuestra profesora estaba buenísima, llevaba minifalda, y nos preguntó a cada uno con cual instrumento nos sentíamos más identificados y si alguno ya tenía algún conocimiento previo. Hubo muchos que sí, estaban en bandas de las que tocan en la Semana Santa.

Pura basura. Lo siguiente fue aprender las notas, cómo interpretarlas y traducirlas -tocarlas- en un instrumento. Lo siguiente fue comprarnos una flauta y aprender el Himno de la alegría de Beethoven. Sólo esa canción y con ese instrumento todo el curso. Eran tres trimestres, con sus respectivos exámenes y los suspendí todos. Y después llegó septiembre, la última oportunidad de aprobarla. Pero quiero retomar el texto desde el principio.

Era 1995 y había dos clases de personas en el mundo, los que tenían el revólver cargado y los que cavaban. Y yo era de los que no les gustaba cavar. Cada profesor tenía una especie de oficina, y yo, que no era muy de flautas, me tocó cierto día visitar a la buenorra en dicho departamento con la intención de aprobar la asignatura. 

Llegando, ella también llegaba portando un Compact Disc con su plastiquito y todo, recién comprado. Entramos, me dijo que me sentara mientras ella acomodaba sus bártulos. Una vez sentada, me pregunta ¿estás listo? En vez de flauta, le di una cinta de cassette. Y le dije que la pusiera en la mini cadena. Entonces no existía el acoso del patriarcado como ahora, ella la puso porque salió de ella, de su mera curiosidad.

Era lo que solíamos llamar un mix, y en mi caso canciones grabadas y mezcladas de otras cintas, la radio, la tv de pago e incluso de partes de la banda sonora de una película en VHS. Sips, yo ya en esa época pirateaba. La cara A era una sesión hecha con trozos de canciones, las más famosas las que escuchaba en el programa "It's Your Time", por cierto, catalán, y que una cadena de Huelva lo emitía (siendo yo de Sevilla...)

Y empezó a sonar ese mix hecho con una mini cadena con dos cassettes y un segundo equipo de radio grabando. Ella quedó un poco perpleja. No le gustaba aquella música, pero supo ver que las mezclas estaban bien hechas y sincronizadas. Me preguntó por los platos y vinilos que utilizaba, y cuando le dije el proceso, no se lo creía. Era imposible para ella. Y yo en un arranque de poca humildad quise replicarle, pero el mix acabó.

Ella sacó la cinta, le dio la vuelta en un gesto involuntario, y en su reverso leyó Oasis. Benditas pegatinas. Sin mediar palabra puso la cara B del cassette, y empezó a sonar Wonderwall de Oasis, y no supo reaccionar. Yo tampoco. Sólo una mirada cómplice. Y cuando terminó, una pregunta: ¿lo has grabado de la radio? Dije que no y... no me dio tiempo a seguir hablando cuando empezó a sonar "Whatever", un sencillo en solitario que estaba entre dos discos.

Yo la tarareaba pero traducida al español. Entonces ella cogió el CD recién comprado en Sevilla Rock, con su plastiquito, lo abrió y era el single que estábamos escuchando. Tenía varias preguntas. De dónde lo había grabado y sobretodo como un energúmeno como yo en una recuperación de Septiembre en Música, la cantaba en español.

A partir de aquí, el lector es libre de creer lo que le salga de los cojones. Nunca me he considerado un encantador de ratas, como tampoco me he dejado llevar por la melodía de un tal Hamelin. Un simple cassette me hizo aprobar Música sin haber tocado una flauta en mi puta vida. Y ahora es cuando puedo afirmar que una cassette me hizo libre de Hamelin con total rotundidad...



jueves, 8 de agosto de 2019

Cuando la cuarta pared es la verdadera diégesis

¿Podría verse afectada la diégesis de un mundo ficticio con sus propias reglas? Evidentemente, un  purista diría que no, pero el metalenguaje nos dice que todo está interconectado y es retroalimenticio. Eso nadie lo duda en la postmodernidad. Pero yo quiero ir más allá. 

En una ocasión os conté que los ejes nos podían contar el final, nada nuevo, todo se desarrolla dentro de un mundo bien construido, o como diría mi abuelo, el que siembra recoge. Pero ¿qué pasa cuando en dicha siembra interfiere un elemento externo que modifica la misma?

Homeland es una de esas series que tengo como referencia, aunque algunos la critiquen por el final abrupto de su protagonista. Ya desarrollé lo que pensaba al respecto cuando la canción se terminó. La mala relación entre los protagonistas infectó la ficción, y este sería el texto de una cuarta pared, pero deberíamos preguntarnos por un posible subtexto no de dicha cuarta pared, sino más bien de la diégesis.  

Y ahora usted lector dirá, ¿cómo es posible que un final que no estaba preparado y se ve interrumpido por el "detrás de las cámaras" se convierta en un subtexto de la propia diégesis de la ficción? Llegados a este punto no sólo estamos inmersos en el metalenguaje, hay más capas que se van añadiendo para formar un significado que el propio autor nunca pensó -parafraseando a Gadamer-.

Después de que Clint Eastwood leyera y aprendiera el guión de Sergio Leone y Luciano Vincenzoni para interpretar al Rubio, en pleno rodaje, no decía la mayoría de los diálogos, más bien los reducía a simples gestos. ¿Por qué? ¿Eran demasiado malos y por eso los rechazaba?

Según cuentan las malas lenguas, hay dos motivos. Uno, el oficial, es que verdaderamente eran malos diálogos, y un "actor de segunda" los rechazaba por ello. Pero hay otro extra oficial que argumenta que el tito Clint odiaba fumar, y como le obligaban a portar ese inconfundible purito, en represalia no decía los diálogos. 

¿Quién fue el responsable de las largas secuencias sin diálogos que transmitían toda la esencia a base de sonidos, gestos, melodía y planos nunca antes vistos en esa manera de montar -contar- -¿moderna o post?- Ya lo he dicho en más de una ocasión, el padre de la modernidad no es nadie en concreto, es la suma de todos, más esa cuarta pared que irrumpe en la diégesis para crear algo nuevo y bello, o feo, para mi es lo mismo. 

De nuevo cito a la malas lenguas que dicen que ‎Tom Hardy se comportó como un auténtico cabrón fuera de las cámaras en "Mad Max: Furia en la carretera", llegando a pedir perdón después del rodaje a todo los miembros del equipo y el reparto. Y aquí viene la magia, cuando la cuarta pared es la verdadera diégesis y crea una auténtica maravilla, un héroe que recorre una odisea sin ganas (Robert McKee diría que es la regla en el primer acto, sólo en el primero, no durante una historia completa) y sale victorioso.